05. Terror
Es recién en esta etapa de mi vida que la ausente figura de mi padre empieza a aparecer en mis recuerdos como una constante, y lo hace como una figura distante, autoritaria y aterradora. En su seria figura se manifestaba una oscuridad cada vez más omnipresente en mi vida, cuyo origen me eludía, pero me apretaba la garganta y aterrorizaba por las noches.
“Es un hombre que tras una experiencia terrible se puso a sus tres hijos al hombro e intentó salir adelante como pudo”. Lo escuché mas de una vez, dicho de una u otra forma, era difícil apreciarlo entonces, cuando no haberse deshecho de nosotros parecía ser su más encomiable acto de amor.
Recuerdo vívidamente una ocasión, durante nuestras primeras noches en este nuevo hogar, en que mi padre esperaba sentado en el living comedor a que mis hermanos y yo pusiéramos la mesa. En un descuido me tropecé y el bowl de la ensalada se rompió en el piso. Quedé paralizado mientras un incontrolable temor se apoderaba de mí, no podía hacer otra cosa que llorar sin consuelo. Estaba aterrado de las consecuencias que mi torpeza pudiese provocar. Mi desesperación era tal que por un breve momento el imperturbable rostro de mi padre dio lugar a una evidente consternación.
Me aseguró que no pasaba nada y las temidas consecuencias no se materializaron.
En esos primeros días, mi hermano menor y yo nos turnábamos por dormir en su cuarto, en un colchón en el suelo al lado de su cama, con órdenes de hacer silencio y dormir. El miedo que su persona me generaba palidecía ante el miedo que me generaba la oscuridad de la noche, a solas con mi cabeza. Y no era el único.
Mi padre, cuando sabía que estaba prácticamente dormido, programaba el televisor para apagarse dentro de una determinada cantidad de tiempo, no fuera que tuviese que permanecer a solas con el silencio y la oscuridad.
En la mañana se iba a trabajar y volvía por la noche. Cuando volvía.
Mi hermano menor y yo pasamos esta etapa muy solos. Mi hermano mayor seguía
ausente; no tengo un solo recuerdo de él en este periodo. Por razones que ignorábamos, la familia de mi madre mantuvo reducidos contactos con nosotros por lo que dura un suspiro, pero pronto empezaron a desaparecer de nuestras vidas y de nuestra memoria.
La familia de mi padre, por su parte, “existía”, pero a diferencia de mi hermano mayor, que -creo- mantenía un vínculo más fluido con ellos, el nuestro era muy limitado. Ya no estábamos geográficamente alejados de todo, pero un muro invisible nos separaba tanto o más que antes del mundo exterior.
Durante la semana, una empleada doméstica nos hacía el desayuno y la comida que llevábamos al nuevo colegio. Nunca superé el odio a la bomba aromática que generaban los panchos al abrir el tupper.
En la escuela no me sentía como los demás niños y no hice nuevos amigos. Uno de los primeros días de clase me levanté de la silla sin pensarlo y corrí. Me fui corriendo del salón, y de la escuela, seguí corriendo hasta que estaba de nuevo en casa. Alguien dio aviso a mi padre, quien volvió a casa con una torta y para mi total desconcierto -nuevamente- parecía más consternado que enojado.
Hubo una segunda instancia de fuga escolar, quizás buscando de nuevo la tan deseada atención y consternación paterna. Pero ya no había torta ni palabras de aliento. El periodo de gracia otorgado por la reciente tragedia terminaba, y con él la paciencia de Papá.
Pero no estaba totalmente solo. Encontré refugio en dos pasatiempos que me acompañan desde mis días en La Casa: la lectura y el cine.
A sólo una cuadra del nuevo hogar había un videoclub, como el que supo haber en mi living comedor. Ya desde aquel entonces sentía una atracción intensa hacia el cine de terror y sus macabras portadas. Mi madre también disfrutaba del género y aún recuerdo esconderme en el corredor de La Casa, que daba a su cuarto, para ojear las que ella veía.
Ahora, la reducida atención de mis guardianes me permitía acceder a las películas que se me antojaran. Para mi padre, el precio de un par de alquileres era un pequeño costo a pagar para evitar tener que lidiar conmigo. El videoclub era un lugar reconfortante, y las películas de terror, mis mejores amigos. Pasaba horas eligiendo una o más películas que me acompañaran durante el fin de semana. Y luego atravesaba las noches en su terrorífica compañía.
En este proceso me encontré fascinado por las películas de “muertos vivientes”. A diferencia de la película promedio, en este subgénero el desenlace casi nunca favorecía a los protagonistas, quienes permanecían en un constante intento de huida de un destino inexorable. La claustrofóbica sensación que sentía viendo estas películas me era dolorosamente familiar.
Pero el terror que sentía no era exclusivo de las noches. Recuerdo muchas ocasiones en que papá se había ido a trabajar y mi hermano menor no estaba. No había nadie más en el apartamento, o eso se suponía. Sin embargo, yo sabía muy bien que no estaba solo.
Me encerraba en el cuarto de mi padre y me escondía entre las sábanas; en ocasiones, el miedo y la convicción de que corría peligro inminente era tal, que salía al pequeño balcón que había en el mismo cuarto e intentaba hacer señas a personas que veía en otras casas, sin coraje suficiente para gritar.