10. Gordito
Un buen día descubrí que la comida era otra forma muy eficiente de silenciar mis emociones y el dolor que me perseguía. Comencé a darme atracones siempre que podía. Comía y bebía refrescos como si no hubiera mañana. El acceso limitado a fondos propios era sorteable gracias al impuesto secreto de los mandados, y la constante mejora de la situación económica de mi padre implicaba heladeras relativamente llenas que visitar en la noche.
En casa, dulces como barras de chocolate eran un lujo reservado para mi padre y su esposa, pero pronto empecé a atacar sus escondites y llevarme las piezas de chocolate que pensaba que podían pasar desapercibidas.