02. La Casa

El grueso de mi infancia transcurrió en la casa que dejaba atrás. Ubicada en Parque Miramar, el coqueto barrio de Canelones que en ese entonces no era tal.

Había más bosques que viviendas, no había supermercados o comercios cercanos, y era común la imagen de animales de granja en los patios de las casas. Mis padres operaban el kiosco de la entrada al barrio y el videoclub de la zona, que ocupaba nuestro living comedor.

Era una casa de tamaño considerable con patio y fondo amplio. No era particularmente humilde ni tenía la apariencia de una casa de gente muy pudiente. No estaba recién construida ni parecía estar impecablemente mantenida.
Según supe más tarde, mi madre consideraba -con razón- que Parque Miramar era “un lugar con futuro” y por eso insistió en embarcarse en la costosa mudanza.

La casa estaba alejada de nuestra familia y de los amigos de mis padres. Hoy sé que la distancia que la separaba de la ciudad no era tanta, pero en ese entonces tenía la
sensación de vivir en una isla y las irregulares visitas a Montevideo se sentían como una
exhilarante aventura.

Al día de hoy la casa permanece intacta en su lugar, como una mancha en medio de una calle ahora atiborrada de casas lujosas y cuidadas. Es evidente que no ha sido
debidamente mantenida en todos estos años y a simple vista nada ha sido modificado: el mismo portón de madera y la misma fachada, pero sumida en la oscuridad, inamovible.

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